Un domingo cualquiera

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La luz del día se desparrama sobre las sombras del cuarto. 06:08 de la mañana; la alarma no sonó.  Otra vez domingo. Me siento en el borde de la cama con la espalda encorvada. No puedo abrir los ojos, una blancura lechosa los domina impidiéndome ver formas definidas. Busco a tientas mis lentes; guardianes de está miopía que me acompaña. El agua en la cara, la menta en la boca, la toalla que comienza a perder la batalla contra el tufillo de la humedad. Otra vez domingo, muerte y resurrección.

Silencio, silencio, silencio. Lleno la taza de café hasta el borde, negro, sin azúcar. Mi madre lo tomaba igual, no le gustaban las cosas dulces. Me siento en la mesa de la cocina y abro el diario; en Albania una mujer le desfiguró la cara a su marido con una botella rota; tomo un trago de café y doy vuelta la página; el mundo superó los 50 millones de infectados por un virus, tomó un trago de café y doy vuelta la página; Biden es mejor para el mundo, tomo un trago de café y doy vuelta la página. El silbido de la caldera me devuelve al mundo. Me pican las palmas de las manos. Cierro el diario.  

Preparo el mate con la delicadeza sagrada que se espera del ritual – yerba hasta donde comienza la boca del mate, un poco de agua fría y algo de caliente, espero que se hinche, amén -. El toc toc en la ventana irrumpe; creo que no lo mencioné pero mi casa está llena de ventanas que dan a la calle. Ventanas altas que me custodian; una, dos, tres y cuatro con la de la cocina. En esta última se produce el ruido seco. Una cara del otro lado, una cara cuadrada, una cara poco nítida – ¿tengo mis lentes puestos? – y una voz que es más eco que voz. Le pido que me repita, y me hace gesto de que abra. Abro la ventana, jamás la puerta. -¿Me das agua caliente?, me pregunta. Le pido su termo, me dice que no tiene. Silencio, silencio, silencio. Quiebro la escena ofreciéndole uno mío, viejo, seguro pierde calor, pero capaz es mejor que nada. Se lo paso a través de los barrotes. La nada, no hay un calor interno en mí, no hay un agradecimiento de él. Lo veo perderse en el marco de mi ventana con su espalda doblada, en señal de reverencia, a cuestas. No puedo dejar de rascarme las palmas de mi mano.

No sé cuánto tardo en llegar al sillón. El sillón. La modernidad hecha victoria. El sillón y su amante la televisión. No hay una combinación más tristemente atractiva que un sillón mullido y una televisión de diez mil pulgadas para unos ojos aburridos. Clic, cámara, luz; el Leeds pierde 4 a 1 contra el Crystal Palace; clic, dos personas son puestas 21 días desnudas en la selva de Sudafrica; pierden 8 kilos cada uno; clic, pasan El club de la pelea en TNT, «esta es tu vida y está terminando minuto a minuto«; in Tyler we trust. Recuerdo haber leído que para los que no tuvimos que comprometernos con ninguna lucha política, ni guerra, ni bla bla, los tatuajes son cicatrices, la ropa con pequeñas y prolijas roturas son cicatrices; la necesidad de una generación de ganar cicatrices, nuestras ficticias medallas, sin compromiso; cicatrices de sillón. Perdónanos, no sabemos lo que hacemos.

El movimiento me distrae. Al girar veo las sombras que se suceden sobre la ventana, cada vez más densas y repetitivas. El desfile es un abanico de colores y rostros, peinados y ropas. La ilusión de la individualidad. Todos comparten un ritmo cansino. Todos caminan con una cierta pesadumbre, suplicantes; hay algo que los arrastra hacía el interior, como si la gravedad de la tierra se hubiera fragmentado y quisiera devorarlos. Sangre por sangre. Una de estas sombras se detiene sobre la ventana. Es una mujer, joven y esbelta. No muy atractiva pero si inquietante. El marco grueso de sus lentes no logra disimular unos ojos feroces. Me mira en silencio. La miro en silencio. Ningún movimiento, nada. Silencio. ¿Siento miedo? Sí.  Con su dedo índice – largo, extrañamente nudoso – me señala su muñeca derecha. La negra esfera de mi reloj aparece frente a mis lentes y sus dos flechas doradas me dictan que son las 14:55. 14:55 me escucho decir con voz impuesta. Alza sus cejas con preocupación y desaparece de cuadro. Su ausencia en la ventana deja entrar una luz insoportable.

El tiempo tiene la costumbre de ser perverso. Al acercarse la hora, la picazón da paso al dolor.  Es hora. Subo con desgano las escaleras, me desnudo íntegramente y busco en el armario; del estante superior retiro la corona de espinas – ya no percibo sus puntas, casi –, del cajón de abajo retiro los 3 clavos herrumbrados – y del gabinete de la ropa, retiro la incómoda túnica larga. Hilachas de una antigua túnica blanca. Cierro el armario. Me cuesta trabajo encontrar una de las sandalias. La encuentro debajo de la cama. Bajo las escaleras. Detrás de la puerta de la cocina escondo la viga de madera. Cada vez que la agarro me parece más grande, más pesada. La subo hasta mis hombros y la dejo caer sobre mi espalda con un movimiento que me resulta automático. Son las 15:00. Dejo mis lentes, abro la puerta y salgo. La luz es insoportable.

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