Olive Kitteridge de Elizabeth Strout

Hace no mucho tiempo, leí una entrevista a un autor uruguayo donde decía algo así como que la literatura nos acerca a la verdad. Hace días que estoy con eso en la cabeza; la ficción como forma de entender la realidad, la abstracción de un lenguaje secundario para interpretar una realidad compleja. Puedo estar de acuerdo, aunque a veces me resulte pretencioso. Eso me pasa mucho, estar de acuerdo un día y no estarlo al siguiente, la duda como estandarte. Creo que por eso tengo una fuerte inclinación a obviar los dramas, literarios, cinematográficos, uno tiende a extrapolarlo a la vida real y el choque a veces no es justo, comparar un artificio con la complejidad de la realidad, parece dejar a esta segunda en una clara desventaja. Y sin embargo…

Olive Kitteridge de Elizabeth Strout es un dramún. Un drama construido de forma coral, donde la historia gira entorno a una maestra de un pueblo pequeño. Historias que se conectan a través de la imagen de Olive: una mujer severa, recia, por momentos fría y objetiva, pero también con la palabra justa, con la palabra certera para encaminar al perdido. Es interesante como contrasta la imagen de Olive, que por momentos se acerca a una divinidad, apareciendo fantasmagóricamente en el momento preciso para salvar el momento, para sortear la angustia, sin embargo, su vida personal está llena de dudas, y miedos, de errores que terminan minando su vida familiar, su relación filial, y la llena de angustia y desesperanza.

Angustia y desesperanza, es preciso advertir, el libro tiene mucho de angustia y desesperanza. De soledad. Cada relato está empapado de un ambiente melancólico y trágico, donde el pasado añorado se escurre, donde la realidad trastoca, deforma y donde el futuro parece algo predecible. Hay una construcción maravillosa de cuadros de costumbres, de pequeñas situaciones enrarecidas por la necesidad de escapar de la rutina, de engaños impensados que se dilatan en el tiempo y crecen y se vuelven agobiantes, monstruosos. Son relatos que lo tienen a uno como lector al borde del moco permanentemente.

Sospecho que esta es la gran virtud de la autora, el conocimiento profundo de los temores universales que nos acosan. La certeza de que sin importar lo etario, la tristeza y la melancolía forman parte de nuestro ser. Strout narra de forma admirable estas situaciones, presenta diálogos no solo verosímiles sino conmovedores y acompaña con una ambientación costera que le proporciona a los relatos una temporalidad maravillosa, reflexiva y simbólica.

Un libro repleto de sueños rotos, de ilusiones perdidas, pero también de peleas diarias, de búsquedas, de anhelos, de familiaridades. Un libro construido desde una sensibilidad admirable y que al final de todo, cuando la última hoja se voltea, cuando los personajes sueltan amarras, uno, como lector, se queda con ese sabor agridulce en la boca, que después de todo, se parece bastante a la realidad.


Autora americana, Elizabeth Strout cursó estudios de abogacía en la Universidad de Oxford antes de completar su formación en Gerontología en la Universidad de Siracusa. Durante varios años compaginó su carrera profesional con la escritura de cuentos y relatos que fueron apareciendo en diversas revistas literarias de gran prestigio.

Su primera novela, Amy e Isabelle, fue nominada al Premio Orange y el Faulkner. A partir de entonces, su vinculación con el mundo de las letras se estrechó, siendo profesora de Escritura Creativa en universidades como Colgate o la Queens de Charlotte.

En 2009 logró un gran éxito con su novela Olive Kitteridge, obra que fue galardonada con el Premio Pulitzer de Ficción, uno de los más importantes que se otorgan en los Estados Unidos. Ha sido traducida a más de cinco idiomas y recibió una adaptación televisiva en formato de miniserie.


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