Mis muertos Punk de Fogwill

Hay veces que uno entra a un mundo demasiado vasto para uno. Uno mira primero a la izquierda y después a la derecha, y ve un mundo que se ramifica por pasillos entreverados, oscuros y atractivos. Uno quiere recorrerlos todos, no perderse un detalle y perderse en el detalle. Ese es el mundo de Fogwill.

La puerta de entrada, mi puerta al menos es este libro: Mis muertos Punk. Un poco de historia: este libro gana un concurso literario promovida por una importante marca de gaseosas – interesante es la portada de la primera edición de este libro donde las letras Punk aplastan una tapita de la referida marca –, la marca de gaseosas envía el contrato para su publicación y Fogwill responde haciendo crítica del negocio editorial, del contrato, de la literatura y su recepción. Para muestra, un botón:

“- ¿Y vos pensabas – preguntó el de hacer cuentos – que habiendo escrito un libro como el mío yo firmaría un contrato como el tuyo?…”

Cuento corto: Fogwill funda Ediciones Tierra Baldía y se encarga de publicar su libro. A todo esto, corría el año 1980.

En la edición que tengo en mis manos ahora, Alfaguara reproduce de manera facsímil la primera edición de aquel libro. Libro formado por 7 relatos breves, de los cuales, si me propongo arriesgar cuál es – si es que existe – un núcleo común es la de la irrupción de una narrativa atractivamente extraña,  modula un lenguaje nuevo y por momentos marginal – pensemos solamente la inclusión en el título de la palabra Punk -.

Desde el comienzo del libro con su relato La chica de tul de la mesa de enfrente, el lector se encuentra con un relato en permanente tensión entre elementos que atraviesan la idea imaginaria de ficción y realidad, también los de autoría-autor y la construcción de esta idea tan perseguida en la modernidad: la originalidad. Es un relato – y esta temática también atraviesa gran parte del libro – que habla del mundo interno de la construcción literaria, pero lo realiza desde una focalización donde el tono cómico y absurdo lo vuelve más atractivo.

Este diálogo con la literatura está mucho más explícito en cuentos como Memoria de paso, donde hay un coqueteo permanente con la obra de Wolf, Orlando. Sospecho que una de las características más enriquecedoras de la literatura de Fogwill es su hibridez. Es decir, el autor puede dialogar con total comodidad sobre una obra magna, bombardearnos a nombres y referencias temporales y espaciales – es un relato de viaje finalmente  – y sin embargo, no pecar de intelectualismo; cambio, de intelectualoide. Hay un dominio del campo literario evidente, pero también un acercamiento amigable que dialoga con el pasado desde una actualidad más terrenal. Es un relato potente que habla del relato, pero también del autor, un autor que busca irrumpir en la literatura de su tiempo de forma poderosa.

“Aprendí entonces que el poder es para quienes desean el poder para probar su delicioso sabor y no para probar una teoría.”

Entiendo también que hay relatos con un mayor hermetismo, donde su legibilidad puede estar en mayor forma cuestionada. Reflexiones y Méritos quizás pueden ser ejemplo de lo anterior, pero también son interesantes construcciones narrativas que demandan una atención y cuidado porque se narran buscando una forma nueva, violenta por momentos y también absurdas por otros que muchas veces se escriben desde una marginalidad, desde el borde del campo literario, desatendiendo las pretensiones literarias y dialogando con una actualidad más palpable.

Ejemplo de esto son los relatos Testimonios – creo que fue el que más disfruté – y Muchacha punk. El primer relato es una vez más un juego sobre el lenguaje que hilvana o mejor dicho, deshilacha, las estructuras de la alta y baja cultura, del buen hablar y el mal gusto. Sospecho que este relato es donde el autor explicita de mayor forma su intención de romper con una tradición literaria y ponerse en el mapa de la literatura argentina.

“Así que resulta que los simples tienen siempre razón y somos nosotros quienes embrutecemos todo al complicarlo, vaya uno a saber por qué.”

Muchacha punk es un relato donde refleja las extrañezas de los mundos marginados o excluidos y su contraste con el narrador, cuyo oficio no es tan claro, pero parece pertenecer a la tradición bien aceptada argentina –se autodefine sudamericano y argentina, mientras que la punk es inglesa y se llama Coreen – . Interesante es el intercambio de percepciones sobre el otro y el uso de los diferentes lenguajes; lenguajes que finalmente no alcanzan, o al menos parecen reflejar cierta hipocresía. Un relato que mantiene el dinamismo que acostumbra el autor, que transporta esa carga de comicidad – quizás más absurdo que cómico – y que también arrojan un componente sexual a la ecuación, un relato construido desde el deseo, lo carnal, la apertura – me gustaría recordar que este relato se ubica en los años finales de la dictadura argentina – y la necesidad de experimentar.

Al comienzo decía que Fogwill es un mundo de pasillos a recorrer, donde su puerta son estos 7 relatos que construyen una percepción de la literatura, que marcan el camino de una narrativa intrincada por momentos, pero poderosa y atractiva, donde la derrota a veces es inminente, pero no por eso se desestima, es que como menciona el autor: “El que escribe había aprendido a perder, especialmente cuando gana.”



El escritor argentino polifacético Rodolfo Enrique Fogwill nació en Buenos Aires en 1941, donde también murió en el año 2010.

A lo largo de su carrera como escritor cultivó la novela, los relatos cortos y la poesía (desde la década de los 80). Antes de eso, triunfó en el campo de la publicidad y el marketing, pero daría el salto como autor con el relato corto Muchacha punk (1980).

Su primera novela publicada fue Los Pichiciegos, un relato de ficción en el que un grupo de soldados argentinos enviados a las Malvinas desertan de su puesto escondiéndose en un agujero. Tras esta, publicaría otras como Una pálida historia de amor, La experiencia sensible o Runa.


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