Érase una vez en Hollywood de Quentin Tarantino

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Allá, por el año 2019, cuando el mundo empezaba a desquebrajarse, Quentin Tarantino arrasaba con su novena película: Once upon a time in Hollywood. Unos años después, nos llega su adaptación en 400 páginas de novela y puede parecer lo mismo, pero no.

Entiendo que hay mucho para admirar de este señor, pero si tengo que elegir una cosa, me gusta que sea un niño grande. ¿A que voy? A sus 58 años sigue contándonos sus obsesiones, sus gustos, cómo y con qué creció: cine oriental, cine Z, westerns, los dobles – tengo cierta debilidad por la desvalorizada Death Proof -, los diálogos rápidos, la violencia, los pies. Este mundo, su mundo, aparece en cada uno de sus películas y es quizás en Once upon a time…donde más se condensa; es un homenaje al cine, pero sospecho que también es una película que reconstruye sus recuerdos. La novela respeta y amplía esto, las referencias cinéfilas son inagotables – intenté hacer una lista para mirar después; antes de la mitad del libro desistí, ya llevaba 3 hojas -, los diálogos rápidos e inteligentes se mantienen, ese ambiente de finales de los 60 se mantiene y se narra con precisión e imaginación.

¿Entonces…qué cambia? Cambia todo. El montaje de los capítulos recrea una historia de una forma diferente. El desenlace violento del film, ocurre como al pasar en la novela, como una presencia ominosa, pero no determinante; mientras que, en la novela, su desenlace es más apacible, como el cowboy que camina hacia el atardecer. Esto no significa que no haya violencia durante la novela, no, creo que es parte del mundo Tarantino, pero también se permite indagar con mayor profundidad otros aspectos que la película pueden pasar desapercibidos, como es el desarrollo de personajes secundarios. Tarantino, en su novela, se toma el tiempo de desarrollar los personajes de Manson, otorgándole un patetismo que en el film no ocurre. Algo similar sucede con ese gran personaje que representa Brad Pitt: Cliff Booth – cualquier coincidencia con Tyler Durden es pura casualidad -. Tarantino se toma su tiempo y logramos ver en toda su dimensión un personaje ambiguo, violento, leal. Tenemos la posibilidad de indagar en su pasado como esposo, en su pasado como militar, en sus obsesiones cinéfilas, y al final de la novela es el personaje que se lleva todos los aplausos – bueno, algo similar pasó con la película -.

Lo interesante de tener la posibilidad de leer a Tarantino, es ver al director en su papel de dios en toda su dimensión. Los mas adeptos al cine – yo no entiendo mucho – dirán que es lo mismo…y otra vez diré, si, pero no. Leer a Tarantino es adentrarse en ese recoveco oscuro de sentido que quizás en lo audiovisual puede – hay gente muy atenta – pasar desapercibido. Una cosa es ver los pies de Uma Thurman y otra muy distinta es leer cómo el empeine de su pie se frota con la pantorrilla – esta imagen en la novela es deliciosa -. Leer al narrador de Tarantino es leer las migas que esa maravilla de mente nos deja en el camino para volver a él. Tarantino ha dicho que cuando deje de dirigir se va a dedicar a escribir, inclusive leí por ahí – ahí es ese mundo sin verdades que es internet – que estaría trabajando es sus memorias. Yo, un desconocedor del cine, pero un amante de sus películas, si deja de dirigir para escribir, lo recibo en mi biblioteca siempre.

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